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1. La racionalidad científica en el discurso de la Modernidad: la institucionalización de la medicina.

Publicada el 05-11-06 18:14:15 por Matilde Panadero Díaz. Departamento de Sociología. Universidad de Sevilla

La Revolución Industrial originó un conjunto de cambios en la organización social y en los modos de vida europeos a partir del siglo XVIII. Este proceso de cambio ligado a pautas sociales nuevas, es decir la Modernidad se convirtió en el desvelo principal de la sociología. Una de las cuestiones más directamente asociadas a la idea de Modernidad es la noción de racionalidad científica. La Modernidad representó el éxito de la racionalidad científica. Una época coronada por el imperio de la ciencia, frente al dominio secular de la religión existente en la sociedad feudal estamental. Si bien las revoluciones científicas de los siglos XVI y XVII se asentaron sobre una concepción mecanicista de la naturaleza, el nacimiento de la ciencia moderna significó la ruptura con el enfoque aristotélico del universo. El triunfo del reduccionismo físico-químico se alzó sobre las cenizas aún calientes de visiones más holísticas e integradoras del mundo. En este sentido, Galileo y la Escuela de Padua son lúcidos exponentes de la idea de "especificidad", eje sobre el que va a gravitar toda la empresa científica hasta nuestros días. Pudiera ser una casualidad que el año en el que muere Galileo, coincide con el año del nacimiento de Newton, aunque más bien parece que el genio italiano le pasa el testigo al físico inglés. Los descubrimientos de Galileo, las contribuciones de Descartes y la física newtoniana4, se van agregando sucesivamente a la construcción del edificio científico moderno. Weber apuntó hacia los antecedentes de las dos herramientas primigenias de la ciencia, las cuales instrumentarán la empresa científica moderna: "Junto al descubrimiento de la lógica en Grecia aparece, como fruto del Renacimiento, el segundo gran instrumento del trabajo científico: el experimento racional como medio de una experiencia controlada y digna de confianza, sin la cual no sería posible la ciencia actual" (Weber, 1972, pág. 204).

Los cimientos de la nueva ciencia se implantan en el terreno del agitado y cambiante paisaje sociocultural europeo. La Ilustración condena el Antiguo Régimen y catapulta un nuevo orden social, que más allá de lo simbólico representa la conquista de la razón. El pensamiento moderno se expande por todas las esferas científicas y culturales de ese tiempo. A su vez, en el debate sociológico de la Modernidad palpita intensamente el discurso sobre el avance de la ciencia. En este sentido, la vía subjetiva de progreso científico fue negada por Comte: "Una vez que tales ejercicios preparatorios han comprobado la inanidad radical de las explicaciones vagas y arbitrarias propias de la filosofía inicial, sea teológica, sea metafísica, el espíritu humano renuncia en lo sucesivo a las indagaciones absolutas que no convenían más que a su infancia, y circunscribe sus esfuerzos al dominio, a partir de entonces rápidamente progresivo, de la verdadera observación, única base posible de los conocimientos verdaderamente accesibles, razonadamente adaptables a nuestras necesidades reales" (Comte, 1984, pág. 39).

Al mismo tiempo, Weber (1979) concibió el proceso de racionalización como el punto de partida de la sociedad capitalista. Este proceso, que él consideraba típicamente occidental, se originó con la aparición del ascetismo protestante calvinista. Ello provocó una dinámica histórica de racionalización de la conducta de los individuos: Weber lo definió como proceso de racionalización de la sociedad. Lo que se entiende como realmente substancial en el paso de la sociedad tradicional a la sociedad moderna5, es el triunfo de la racionalidad instrumental como modelo dominante del pensamiento. La Revolución Industrial y junto a ésta la aparición del capitalismo, legitiman la conquista de la racionalidad. La influencia de la tecnología en el cambio social era importante para Weber, aunque no determinante; el potencial genuinamente

transformador de la sociedad está en las ideas. Según esto, la sociedad moderna es el resultado de una forma nueva de pensar el mundo. Max Weber sostenía que todas las instituciones modernas se verían afectadas por la racionalidad instrumental, lo que conduciría a la burocratización de la sociedad. El cálculo empírico y el pensamiento racional y científico llevarían a la racionalización absoluta de la vida social y, por tanto, a la burocratización del aparato institucional y de las organizaciones.

En este contexto de cambio social decisivo se gesta el proceso de institucionalización de la medicina, a la vez que se configuran las bases de un modelo médico hegemónico (Menéndez, 1981). Dicho proceso tiene lugar en un momento histórico en el que se están produciendo una serie de fenómenos relacionados: la emergencia de las ideas democráticas y liberales sirve de apoyo y sostén al nuevo marco político-institucional que representa el Estado liberal. Es un período en el que se están formando los primeros Estados nacionales dentro del mosaico continental europeo; la Revolución Industrial, la formación del proletariado industrial; la expansión de los Imperios coloniales y el desarrollo urbano-industrial. En este marco social en fase de transformación, la medicina científica encuentra el medio apropiado en el que asentar su supremacía, a partir de ese momento será reconocida, legitimada y amparada por las instancias oficiales del naciente Estado moderno. En este sentido, Foucault (1978) sostiene que la implantación de un determinado modelo de medicina supone un elemento de control social e ideológico por parte del Estado liberal del XIX.

De igual modo, la economía industrial genera nuevos problemas y también nuevas necesidades: el crecimiento del proletariado fabril que demanda una mayor asistencia, así como la necesidad de hacer frente a las enfermedades nuevas que están surgiendo como consecuencia de la industrialización. Paralelamente, tiene lugar la sanitary revolution (Berliner, 1984) que implica una serie de reformas medioambientales como la mejora de las condiciones de habitabilidad (saneamiento urbano) y de trabajo, lo que se traduce en parte, en un descenso importante de la mortalidad, al tiempo que se incrementa la esperanza de vida.
 
Todos los factores arriba mencionados configuran el marco idóneo que consolida y legitima un modelo de medicina, del que van a ser descartadas otras opciones terapéuticas. Este nuevo enfoque, más centrado en el estudio de las funciones y los órganos del cuerpo, enfatiza la observación de los síntomas por encima de la explicación de la enfermedad. El saber médico se asienta en el conocimiento del cuerpo y sus patologías. El foco de atención no se dirige a la persona enferma, sino que por el contrario se dirige a la enfermedad, en consecuencia el tratamiento de la enfermedad se vuelve prioritario. Nos encontramos ante una concepción nueva de la salud y la enfermedad que aísla otros recursos terapéuticos. Menéndez (1990) pone el énfasis en el surgimiento de un nuevo discurso ideológico médico en el que la salud y la enfermedad son tratadas de forma exclusiva y excluyente, cercando otras alternativas posibles a ese planteamiento teórico-ideológico. En este sentido, los fundamentos de la medicina científica encuentran su eco en un nuevo orden social. El éxito de la nueva ciencia médica es el reflejo del esplendor de una nueva época, más racionalizada y organicista. Así, se sumirán en la oscuridad todas aquellas terapias que tradicionalmente coexistieron en perfecta armonía, formando parte de todo un conjunto de conocimientos, del que era partícipe la comunidad, que además de orientar sobre la salud y la medicina representaban un modo de vida. Dichas prácticas terapéuticas fueron excluidas de la medicina ortodoxa por no ser consideradas científicas y se vieron sometidas a un proceso de confinamiento6,y subsistiendo en muchos casos como saberes oscuros y supersticiosos, símbolos de una época de irracionalidad
 
3 Ackernecht resalta el interés de Virchow por acercar la medicina a las ciencias sociales: "Hace unos cien años, Rudolph Virchow, un hombre de 27 años que se iba a convertir en el ‘papa’ de la moderna medicina biológica durante las siguientes cinco décadas, afirmó que ‘la medicina es una ciencia social’, una afirmación de la que curiosamente nunca se retractó. La verdad fundamental de la tesis de Virchow estuvo durante un tiempo oscurecida por los grandes descubrimientos biológicos de la segunda mitad del siglo XIX, pero durante las últimas décadas se ha impuesto con fuerza entre nosotros en una sociedad que sufre numerosas enfermedades no por ignorancia biológica sino sociológica" (Ackernecht, 1985, págs. 119-120).

4 Rodríguez Zúñiga apunta la influencia decisiva del modelo de Newton en la cultura europea: "En lo que importa ahora, hay que registrar la (por así decirlo) fascinación que el modelo newtoniano ejerce sobre el pensamiento de la Ilustración. Deviene éste algo tan básico que, como se ha dicho, las Luces son incomprensibles sin él: forma parte del subsuelo cultural" (Rodríguez Zúñiga, 1990, pág. 29).

5 Autores contemporáneos como Anthony Giddens ha denunciado los efectos perversos de la modernidad, entendida como una estructura que se relaciona con el yo: "La modernidad altera de manera radical la naturaleza de la vida social cotidiana y afecta a los aspectos más personales de nuestra experiencia. La modernidad se ha de entender en un plano institucional; pero los cambios provocados por las instituciones modernas se entretejen directamente con la vida individual y, por tanto, con el yo" (Giddens, 1995, pág. 9).
 
6 Comelles señala que a partir del siglo XVIII los médicos monopolizaron todo el campo de la salud arrinconando otros recursos terapéuticos: "La atención de salud estaba confiada mayoritariamente a los particulares y sus redes sociales, apoyada por multitud de oficios curadores y por una red institucional (hospitales, hospicios y santuarios) destinados a ofrecer asilo, cuidado o intervenciones curativas de naturaleza milagrosa. A partir del siglo XVIII su estrategia se centró en dividir la atención en salud en un sector gestionado por médicos con criterios técnico-científicos, y un cajón se sastre de prácticas ‘tradicionales’ o folk que debían ser aculturadas por asistemáticas o supersticiosas" (Comelles, 1993, pág. 171).
 
 

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